CAPÍTULO 10. AMAMOS AL CÓNSUL



Aplicación: Diario
Documento sin título (recuperado)
Memoria local.


Día 71. Año 289
18:00

He vuelto a dormir fatal. Las escenas de la evacuación de anoche y de la conversación con Kitano se han mezclado con recuerdos fragmentarios de mi pasado en la Tierra y me han traído sueños agitados que me han tenido en estado de semivigilia la mitad de la noche.

En uno de mis sueños aparecía el doctor Ereván Xin. Yo ya no tenía unos 18 o 20 años, como en todos mis sueños hasta ahora, sino que tengo mi edad actual. Estábamos en el gimnasio y Xin me conducía a un cuartito. Ahí me tendía una especie de pequeña pistola que, en lugar de cañón, contaba con un extraño listón con rieles sobre el que iba montado un arco con forma de D y una flecha que recuerda a un lapicero. Según me explicaba, es una microballesta de bioplástico, confeccionada con una impresora 3D. “Un modelo aparentemente rudimentario, pero eficaz”, añadía. “Es un diseño de un grupo canadiense con algunas modificaciones. Tiene la potencia y la precisión de un revólver de 9mm, pero es mucho más silencioso”.

Me he despertado alarmada. ¿Qué hacía Xin, seguramente la persona más aparentemente inofensiva -de las personas que he conocido hasta la fecha en esta nave, entregándome un arma? ¿Qué puede significar un sueño así? Acto seguido he reparado en que no he visto a Xin durante la evacuación.

Es cierto que Bekhti me dijo ayer que el doctor se hallaba indispuesto. Pero he visto que había un par de personas convalecientes con uniformes de enfermería, ambos montados en sillas de ruedas y acompañados de varios médicos. Entre ninguno de ellos, doctores o pacientes, estaba el doctor Xin. He visto a la doctora Bekhti charlando con varias personas uniformadas, a la capitana Dunaeva, a la camarera que me trae la comida… y creo que a la totalidad de personas que ya había visto con anterioridad en la nave excepto a Xin. En el área de oficiales no viven mucho más de 400 personas y no es difícil detectar rostros conocidos entre esa cantidad de gente.

Hemos permanecido media hora en la zona de control que separa las escaleras que suben desde la cubierta de oficiales a la zona civil del anillo principal. Ahí, varios individuos con uniforme rojo nos han explicado que una bomba incendiaria había explotado en uno de los ascensores sin causar heridos, ya que, por fortuna, el elevador estaba vacío en aquel momento. Los hidrantes automáticos habían sofocado el fuego rápidamente. Un equipo de bomberos se encontraba securizando la zona y cerciorándose de que no hubiera más explosivos. Cuando finalizasen con la tarea, podríamos volver con toda normalidad a nuestras habitaciones, pero con una salvedad: la detonación había producido daños estructurales y durante unos días no quedaría más remedio que usar las escaleras para subir al área civil. Las caras de la concurrencia al escuchar todo esto eran más bien de tedio.

Otra cosa que me ha inquietado de la evacuación y que me ha hecho dar muchas vueltas en la cama a lo largo de la noche es el comportamiento de Kitano. Ha permanecido conmigo unos minutos una vez que hemos llegado a la plaza, después de los cuales se ha disculpado y se ha puesto a caminar hacia delante. A los pocos minutos le he visto conversando con el cónsul Zimmerman de manera distendida. La escolta que protege a Zimmerman en todo momento separaba a ambos de la multitud y diría que alguien que no conociera la nave no podría saber quién de los dos producía mayor sensación de poder y de distancia con respecto de la plebe. Es una escena que me ha resultado desagradable en extremo. Supongo que esa proximidad con Zimmerman es la manera en la que Kitano mantiene sus privilegios y aleja de sí las sospechas de conspiración. Supongo que no hay otro remedio que actuar así, pero eso no implica que la escena no me haya parecido inquietante y turbadora.

En otro sueño era precisamente Kitano el que me conducía por pasadizos, túneles y galerías escasamente iluminadas, al tiempo que sonaba una alarma de evacuación. “¡Corre, por aquí!”, me gritaba. En un momento dado hemos llegado a una especie de plataforma desde donde se veía el espacio: las estrellas anaranjadas y ligeramente distorsionadas por culpa del efecto doppler. Flotando en medio del espacio, veíamos aproximarse de lado otra nave exactamente igual que la nave Exosfera: un enorme paraguas con una copa de casi un kilómetro de diámetro y dos enormes brazaletes alrededor de su larguísimo palo.

“Vamos, tienes que saltar, Claudia”, me decía Kitano. “No te puedes quedar en este país o te matarán”. Yo sabía que tenía que saltar, pero me daba miedo el vacío, la falta de gravedad y la velocidad a la que nos movíamos. En ese momento, Kitano me ha mirado a los ojos y me ha dicho “no tengas miedo”, y a continuación ha acercado su enorme carota y me ha besado en la boca. Ha sido un beso largo. En el sueño no me resistía, pero en cuanto me he despertado, un instante después, me he llevado la mano a la cara con sensación de asco. Sentía aún la textura blanda y húmeda de sus enormes labios sobre los míos.

Aun he tenido un último sueño, o más bien una pesadilla. Estaba evacuada en la zona de control que separa el área civil de la nave de los ascensores y escaleras que bajan al puente y a la zona de oficiales, pero aparte de los oficiales de la tripulación, estaban mis padres y el chico moreno y de pelo largo con el que ya he soñado en alguna ocasión. También había una hilera de militares con uniformes caqui y boinas moradas que nos protegían de la gente que venía desde una de las avenidas que desembocan en la plaza. De repente esos soldados se han dado media vuelta y nos han comenzado a disparar. Uno de los proyectiles ha alcanzado al chico moreno. Le he visto desangrarse delante de mí. Yo en ese momento no podía sentir nada: ni dolor, ni miedo a los disparos, ni nada. Y eso era lo único que me generaba una sensación parecida al espanto. Me horrorizaba no sentir dolor ante la muerte de ese chico, porque sabía que era como si fuera parte de mí. Era como si parte de mí estuviera muriendo en ese momento.

Me he despertado en ese momento. Quedaban pocos minutos para que sonase el despertador y me he puesto a escribir.

Día 73. Año 289
10:07

Por primera vez en todo el tiempo que llevo consciente en Exosfera, Bekhti no ha venido acompañando a la camarera que me trae el desayuno. Minutos antes, la doctora ha enviado un mensaje a mi táctil en el que me informaba de que estaría ocupada con los preparativos del “desfile”. El desfile es una especie de manifestación o de demostración de fuerza en la que todos los miembros de la tripulación y de la milicia civil desfilan por las calles del anillo principal. Entiendo que es una especie de acto de rechazo, de desagravio y también de intimidación -supongo que todo a la vez- que se convoca después de que se produzca un atentado. Como miembro de la tripulación, yo estoy invitada a asistir y no me cuesta mucho imaginar que invitada significa obligada. Us me esperará a las 10.30 en el hall que da acceso a las escaleras que suben al área civil. El acto comenzará media hora después.

He aprovechado la ausencia de Bekhti para intentar hablar con la camarera, con la que no he intercambiado un sola palabra en todo este tiempo. En una chapa colgada de la chaqueta de su uniforme he leído su nombre: Roma Guimarães.

-¡Hola, Roma! -he saludado-. ¿Qué tal estás?

La joven se ha vuelto hacia mí sorprendida y me ha respondido con un tímido “hola”, sin mirarme a la cara. Le he dicho que me encantaba el desayuno que me servía todos los días (es verdad), le he dado las gracias y le he preguntado si vivía en el área civil del anillo principal (una obviedad). Su respuesta me ha dejado congelada.

-No estoy autorizada a hablar contigo.

Lo ha dicho con voz temblorosa, casi con miedo. Inmediatamente he cogido el tactil y con la aplicación de pizarra he escrito un letrero grande: “No te preocupes. Puedes contestarme por aquí, si quieres”. Se ha quedado mirando la pizarra y se ha encogido de hombros. Daba toda la impresión de no saber leer.

Día 73. Año 289
12:47

El desfile ha comenzado a las 11.00 y ha consistido en un una zigzagueante vuelta por la avenida central del Anillo Principal hasta que hemos vuelto al punto de partida y hemos bajado todos de vuelta a la cubierta de oficiales por las escaleras, una escena que me ha causado una impresión bastante ridícula: la de escolares volviendo a clase después del recreo.

Pero el desfile en sí no ha tenido mucho que ver con la hora del recreo. Ha sido un acto tenso y chocante. A lo largo de todo el recorrido había efectivos militares con uniformes completos que hasta ahora no había visto y que consisten, además del consabido uniforme rojo, en un casco negro brillante que no les deja ver la cara, chaleco anti proyectiles de un tono granate y protecciones en las articulaciones. En la parte superior de la manga derecha del uniforme pueden verse los emblemas de Exosfera y de las Naciones Unidas, ambos muy parecidos y de un color azul que resalta irónicamente sobre el rojo intenso de la fuerza coercitiva.

Los militares van equipados con microballestas, barras extensibles y tassers, enganchados todos estos instrumentos en un amplio cinturón gris donde tambien cuelgan las cartucheras. Comparados con la escasez y la austeridad que presiden todos los aspectos de la vida en Exosfera -desde el mobiliario a la comida pasando por el material sanitario-, los flamantes trajes de combate me han producido una impresión de extravagante derroche. Sin embargo, no son muy distintos de los trajes de la policía antidisturbios que ahora recuerdo haber visto en la universidad de Campo Grande.

El uniforme de la milicia civil también es parecido, pero en este caso es de color gris. Las protecciones y el casco -que en este caso no es completo y sí deja ver la cara de los milicianos- son blancos. El armamento es el mismo que el de los militares.

La comitiva va encabezada por el cónsul, rodeado de soldados, y los miembros del directorio, que caminan unos pasos por detrás, también rodeados de uniformes rojos. Son doce y entre ellos veo a Kitano, a Dunaeva y a Martos. Bekhti me acompaña, a mi derecha. Como siempre está tranquila e indescifrable. Sigo sin ver a Xin por ninguna parte.

Cuando llevamos un rato de recorrido reparo en que hay un buen número de soldados rojos y milicianos grises subidos a las azoteas de los módulos de viviendas mirando y apuntando con rifles de mira telescópica. Su ubicación, más que tranquilizarme, me inquieta, ya que es indicativa de que hay miedo de que un francotirador pueda disparar al cónsul o algún otro miembro de la comitiva desde uno de los balcones del área residencial. En el reglamento he leído que no se embarcaron armas de fuego en Exosfera, por lo que su fabricación ha tenido que ser posterior. En otras palabras, hay una armería donde se fabrican rifles de plasma. Armamento militar con un gran poder destructivo dentro de una nave espacial.

Quiero preguntarme a Bekhti si eso de verdad es lo que parece, si son rifles de plasma, si tienen poder de fuego de verdad o sólo son copias de aire comprimido. También quiero volver a preguntarle qué está pasando con Xin… pero cada vez me da más miedo decir algo inconveniente delante de ella. No es sólo que lo que me ha dicho Kitano sobre Bekhti me haga estar condicionada y me quite la espontaneidad al hablar con ella. Además de eso creo que Us se encarga a cada momento de remarcar que es ella la que hace las preguntas. Que es ella la que me tiene que evaluar a mí y no alrevés.

La actitud de la gente que rodea la comitiva es de lo más sorprendente. Las mismas personas que el otro día permanecían cabizbajas a nuestro paso, evitando mirarnos, aplauden con júblilo y sonríen como si fuera la vida en ello. Probablemente les vaya la vida en ello. En un momento dado paramos en un cruce que configura una plaza -la plaza del Museo- y la multitud se pone a corear:
 

-¡Amamos al cónsul, amamos al cónsul!

Todo el mundo se une. También los miembros de la tripulación que me rodean. Bekhti incluída. En un momento dado para y, manteniendo la sonrisa, hablando entre dientes, me dice: “canta”.
 

Yo también coreo:

-¡Amamos al cónsul, amamos al cónsul!

Día 73. Año 289
15:40

Tengo un montón de textos pendientes para leer y bastantes ganas de tener la cabeza entretenida para no pensar en el espectáculo turbador que ha resultado ser el desfile. Voy a aprovechar que Bekhti me ha dado la tarde libre para ponerme al día. Está pendiente el reglamento, del que aún me queda casi la mitad de las páginas y donde aún no se ha hablado del Martillo al que se refería Kitano y que, sea lo que sea, “es la clave” de que la posición de los kabewanos sea tan fuerte. Hay un montón de artículos de la hemeroteca que aluden a la rebelión kabewana, la mayoría de los cuales son de los últimos 20 años y también hay, como me aseguró, un par de papers en los cuales yo aparezco como coautora, en colaboración con Kirmen Maldonado y Xavier Martí. Finalmente hay una cuarta categoría que me llama especialmente la atención. Es un artículo periodístico también, pero no tiene una fecha según el calendario de Exosfera, sino una fecha, digamos, “normal”, del calendario gregoriano. Está datado en 2.105. Según lo he visto, he clicado sobre él inmediatamente.

Es un artículo de The Guardian firmado por su corresponsal en mi país natal. Copio y pego:

IBERIA GUARDA SILENCIO ANTE EL QUINTO ANIVERSARIO DEL DESASTRE DE LA NOCHE DE REYES

Adam Burnell, MADRID.- Ningún acto o declaración oficial en la República Ibérica recuerda hoy la tragedia vivida por el país hace cinco años. Las ciudades de la federación lucen aparentemente alegres y luminosas, como habitualmente. Sin embargo, pese a la férrea censura de los medios de comunicación y al miedo a hablar en público o en las redes, la mayor parte de los 65 millones de ibéricos guardan hoy un discreto luto por la jornada trágica de la que se cumplen cinco años.

El llamado Desastre de la Noche de Reyes constituye todo un hito en el hundimiento hacia la decadencia, el aislamiento y el autoritarismo de un país que nació hace seis décadas como un proyecto ilusionante, que prometía superar una historia llena de tensiones territoriales y sociales. La RI se consideró en su día como la más próspera y prometedora de las naciones surgidas del desmembramiento de la Unión Europea y explicar detalladamente de cómo se hundió en un oscurantismo que parecía superado desde hacía muchas décadas es largo. La efeméride de hoy nos sirve, simplemente, para tener una foto fija de cómo es la vida en el régimen ibérico.

El 5 de enero de 2.100 la República Ibérica lanzó una operación de castigo contra la Unión Norteafricana enmarcada en la escalada de tensiones territoriales entre las dos potencias. La intención del ataque ibérico era recuperar la ciudad de Ceuta y hacerse con el control de los dos flancos del estrecho. El ejército regular calculó mal sus fuerzas y rápidamente se vio sorprendido con un raid aéreo en varias ciudades y desembarcos simultáneos en distintos puntos de la costa andaluza.

Repeler el contraataque norteafricano costó al menos cinco mil vidas en el bando ibérico, la mayor parte de jóvenes sin experiencia militar, que fueron movilizados de manera precipitada para cubrir la retaguardia. La operación marcó la plena entrada de la República Ibérica en la Guerra contra El Cairo, junto a Londres y Berlin, aunque su participación fue anecdótica, ya que sólo quedaban tres meses para el armisticio.

Hace justo una semana y durante un día pudo verse una enorme pintada que pedía “justicia para nuestros hijos” en la zona de llegadas del puerto de dirigibles de Cuatro Vientos, al suroeste de la capital. Ha sido una de las pocas expresiones de dolor públicas que se han visto. A la mañana siguiente, la pintada aparecía borrada y otra ocupaba su lugar: “Viva el Presidente Silva”. El mismo día, el gobierno de Silva anunciaba para dentro de cuatro meses -y desvinculándolo de toda referencia a la tragedia- la reinauguración de la primera sección reconstruida de la ciudad de Gibraltar y el realojo de unas 500 familias.

A lo largo de esta madrugada habrá vigilias por los fallecidos en todas las ciudades de la federación. Aunque serán actos discretos, se espera que la policía haga acto de presencia en algunos de ellos y, como ya ha sucedido en otras ocasiones, su presencia acabe en disturbios y detenciones. “Se trata de un acto de intimidación. Las reuniones no son ilegales en teoría, pero se presentan con cualquier pretexto y utilizan la provocación”, según explica un portavoz del colectivo de víctimas MP5D.


El movimiento de madres y padres de los jóvenes muertos y heridos en la operación militar  ha sido uno de los colectivos más activos en la oposición a la dictadura de Silva en los últimos años, si exceptuamos algunos grupos considerados terroristas como La Mano. Los progenitores de las víctimas han agotado las vías legales que permite el régimen ibérico para intentar procesar a las autoridades militares de la república por negligencia y muchos de los denunciantes afrontan cargos por un presunto delito de lesa patria. Ahora recurren a la comunidad internacional y su plan es intentar forzar una declaración de condena desde las Naciones Unidas.

El silencio del Gobierno ibérico muestra hasta qué punto tiene que legitimarse a través de la

intimidación y es incapaz de asumir un error. Es muy significativo el drama personal del actual ministro de Defensa, León Becker, que perdió un hijo en la tragedia, algo de lo que la prensa local no ha publicado ni una sola línea y sobre lo que el ministro nunca habla (…)

Yo estuve allí aquella noche. Con mi hermano. No sabía que mi hermano gemelo estaba también allí hasta que lo vi desangrarse en la enfermería. Los dos cumplíamos con los meses de servicio militar preuniversitario en distintos destinos. Me explicaron que le habían alcanzado los escombros levantados por el estallido de un misil apenas se bajaba del tren que le traía desde la guarnición de Faro.

Rompo a llorar. Estoy llorando ahora mismo. Llevo una hora sin parar y no parece que haya nada que pueda parar el llanto. Estoy llorando como no lloré aquel día en el que, superada por el shock, era incapaz de sentir nada.

Pérez-Reverte facts

Publicado: 2015-11-18 en relato

El capitán Alatwitter la ha vuelto a liar. Pérez-Reverte, el novelista, academico, corresponsal y superhombre nos advierte en su red social favorita de los riesgos que asume nuestra civilización de blandengues frente al Islam radicalizado, pero clama en un desierto de decadentes y acomodaticios. Perdónanos, APR. Sentimos no estar a la altura y no ser conscientes de estar en una guerra civilizatoria contra el mal y no tener los cojones de tamaño balón de reglamento como tú. ¡Que buen vasallo si huviesse buen señor… y hubiera nacido en el s. XVII!

Iba proponeros una lista de #perezrevertefacts como ya se hizo en su día con Chuck Norris, pero resulta que hace tiempo que twitter agotó esa idea. Así que, en su lugar, en vez de fabular con un APR ficticio pero con atributos basados en la realidad, he recopilado algunos de los momentos revertianos a la altura de su leyenda.

Así empezó a gestarse la leyenda. Para Pérez-Reverte, los hombres no lloran. Y los ministros mucho menos:

APR-MORA

APR-MOMO

2.000 nuevos seguidores en unas pocas horas. Fue la primera gran polémica de nuestro héroe, que desde entonces le cogió gusto al personaje de espadachín twitero y se dedicó a dar estocadas verbales a diestro y siniestro.

APR-CUENTOS

Como puede intuirse, dirigirse a APR sin un mínimo de perspicacia y agudeza intelectual puede salir caro. Esto es lo que pasa por ejemplo cuando intentas enmendarle la plana sobre cómo se escribe algo a un académico de la lengua:

APR-GRAF

Sin comentarios. Y miren que pasa si a APR se le pregunta por el 12 de octubre.

APR-12-O

Aunque las opiniones de Pérez-Reverte puedan parecernos reaccionarias a veces, como en el ejemplo anterior o en sus recientes tweets sobre los atentados de París, el literato va mucho más allá. Su objetivo son todos aquellos más estúpidos que él, es decir, el resto de la población mundial, y eso incluye también a la derecha. Lo de las estocadas a diestro y siniestro iba en serio. Lean a APR a proposito del contagio de ébola en España y el sacrificio del perro Excálibur.

APR-MATO.jpg

Tordesillas y la sangrienta tradición del toro de la vega tampoco se libran:

APR-TORDESILLAS

Pérez-Reverte es perfectamente consciente de su leyenda. Le gusta y la fomenta. Cosa comprensible cuando eres el puto amo.

APR-CHUCK.png

Sí: literato, académico de la RAE, corresponsal de guerra… y gamer. Al lado suyo Chuck Norris es un mierda. ¿Existe alguien más completo que Pérez-Reverte? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es quién es la kriptonita de nuestro héroe. La única persona que hasta ahora le ha enmendado la plana en twitter. Estamos hablando de otro personaje mitológico: Iñaki Anasagasti.

ANA SAGASTI.png

 



CAPÍTULO 9. CONSPIRACIÓN



Aplicación: Diario
Documento sin título (recuperado)
Memoria local.

Día 71. Año 289
18:00

Hace días que no veo al doctor Xin. Desde hace un par de jornadas Ushuaia Bekhti es la que se ocupa de supervisarme en el gimnasio mientras hago tablas de ejercicios. Bekhti sigue sin inspirarme mucha confianza. Es tremendamente agradable y atenta conmigo, pero hay algo de ella que no me gusta. Supongo que es una sensación que tendría cualquiera ante alguien que sabe más de una que una misma. Bekhti es doctora en psiquiatría y psicología y a sus conocimientos generales sobre la mente humana añadiremos en su caso que tiene acceso a mi expediente médico, mi currículum académico y al perfil psicológico que me hicieron cuando pasé a formar parte del proyecto Exosfera.

Todo esto lo he podido ir averiguando, fragmento a fragmento, a lo largo de todas las conversaciones que hemos tenido juntas a lo largo de todos estos días. Supongo que cuando alguien entra a formar parte de algo tan grande y elitista como fue en su día la puesta en funcionamiento de Exosfera se le investiga a fondo y se realizan informes. Imagino que Bekhti también habrá podido consultarlos. Sabe mucho más de mí que yo misma, pero dosifica esa información. No quiere darme muchas pistas porque quiere ver si mi cerebro es útil por sí mismo. Y si no, ¿qué? Me siento continuamente examinada y puesta a prueba cuando estoy con Bekhti. Con Xin en cambio me siento más relajada. Parece que es mucho más fácil entrenar el cuerpo que la mente y mis progresos con él van en una ininterrumpida línea ascendente, cosa que él se encargaba de recalcarme a menudo, lo cual era alentador. Mientras tanto Bekhti, sí, es amable… pero casi nunca está satisfecha. Siempre está dando la impresión de que espera algo más de mí. Haga lo que haga. Desde luego, echo de menos a Xin.

-Us, ¿qué pasa con el doctor Xin? Hace un par de días que no le veo -pregunto. No me olvido de que le vi evidentemente abatido hace cosa de una semana y estoy genuinamente preocupada por él. Una sombra parece cruzar el rostro de Ushuaia Bekhti por un instante, pero enseguida su cara vuelve a su habitual serenidad hermética.
-Xin padece una indisposición y no podrá venir por el momento.

Día 71. Año 289
22:54

Esta noche he cenado con Río en su camarote. Una cena con una charla más que interesante que se ha visto interrumpida de manera algo abrupta en el -digamos- mejor momento. El astrofísico me ha citado a las 20.00. Me lo he encontrado repantingado en su sillón y viendo una película mientras jugueteaba con un cubo de rubick.

-¡Estás de suerte! -me dice-. Quieren que estés preparada para participar en una de las próximas reuniones del directorio y he conseguido que me encarguen la tarea de explicarte todo lo relativo a la rebelión kabewana. Menos mal, porque Ushuaia te lo habría explicado fatal, seguramente.
-¡Menos mal! -respondo en tono burlón.
-Sí. Alégrate. De otra forma, hasta que no te hubiera hablado ella del tema, yo no te podría haber dicho nada más.
-¿Ah, no? ¿No se suponía que me ibas a contar todos los secretos de la nave?
-Mi intención es, como te dije, contarte todo sobre la nave y sobre las condiciones en las que se está produciendo el final del viaje, que, como te puedes figurar, no son las mejores. Forma parte de nuestro trato. Si no te acuerdas de cómo era el trato, te lo recuerdo: yo te doy información completa y honesta que te va a ayudar a sobrevivir en esta jaula cuando las cosas se pongan realmente feas y lo hago porque tú nos vas a ayudar a sobrevivir a mí y al resto cuando las cosas se pongan realmente feas.
-Bonita forma de irte por la tangente. Voy a pasar por alto todo el miedo que me da lo que me acabas de decir y voy a volver a mi pregunta inicial, ya que no la has respondido. ¿No se suponía que me ibas a contar todos los secretos de la nave?
-Sí, sí. Pero no me puedo adelantar a determinadas cosas. El otro día ya me arriesgué demasiado. Si Bekhti hubiera decidido sacar ella el tema de los kabewanos, hubiera sabido con sólo mirarte a la cara que ya sabías algo. Y eso nos habría dejado inmediatamente en evidencia a los dos. Y eso, te aseguro, hubiera sido peor para ti que para mí.

Voy a decir algo, pero Kitano me interrumpe.
-Toma esto y lee -me tiende su táctil-. No lo encontrarás en Exonet. Puedes quedarte con la memoria flash, pero ya sabes: lo guardas en tu dispositivo, lo mandas a la papelera y borras lla memoria externa. Te he dejado unos cuantos artículos que te interesarán. La hemeroteca ha sido desconectada de la red pública y sólo unos pocos privilegiados tenemos acceso a ella. Oficialmente tú ya eres de los privilegiados, pero no sé si hasta el punto de que los miembros del directorio que no están con nosotros aprueben que te facilite toda esta información. Es muy importante guardar las apariencias. También he conseguido un par de papers de los que tú eres coautora. Bueno, échale un vistazo al reportaje… yo mientras voy preparando algo de cenar, ¿de acuerdo?

¿Los miembros de directorio que no están con nosotros? ¿Quiénes somos nosotros? ¿Quiénes están con nosotros y quiénes no están con nosotros? Me guardo las preguntas para después. Cojo el dispositivo y leo:

Lunes 121, año 188

EL VIAJE HACIA EL PASADO DE LA SECTA DE KABEWA

LA DETENCIÓN DEL LÍDER DEBILITA PERO NO DESTRUYE EL CULTO QUE PROMUEVE UN IMPOSIBLE RETORNO A LA TIERRA · ¿QUÉ BUSCAN LOS ALBOROTADORES QUE CAUSAN ALTERCADOS EN LA ZONA AUXILIAR?

Por Eder Anjou

Decenas de personas congregadas en un cobertizo de la Zona Auxiliar participan en una ceremonia religiosa. Pese a que es un acto discreto, sus voces bien templadas y bien acompasadas pueden escucharse desde fuera y combinan bien con la belleza del paisaje bucólico de la sección agrícola de la nave: canales jalonados por árboles frutales y maizales hasta que la curvatura del anillo impide seguir viendo.

“La Madre Tierra no dejará solos a los Verdaderos Creyentes. No dejará que sus almas se pierdan”, canta la multitud. Terminada la ceremonia, los “Verdaderos Creyentes” abandonan en silencio la edificación y se dirigen todos y cada uno a sus trabajos. El último en abandonar la edificación es un anciano con una tupida barba grisácea, precedido de dos escoltas. Se trata del doctor Francis Kabewa. Es el creador de este extraño culto y todo un dolor de cabeza para las autoridades. Sus fieles no lo saben, pero acaban de asistir al último oficio de su líder. Su detención es inminente. Se producirá horas después.

El consulado considera a Kabewa como uno de los principales instigadores de la ola de fanatismo sectario que se ha extendido a lo largo de los últimos años. El número de altercados protagonizados santones y toda clase de predicadores e iluminados se ha multiplicado por diez durante la última década, sin que hasta ahora se hubiese tomado ninguna medida expeditiva. Sólo en los últimos 15 días siete personas han muerto en enfrentamientos entre policía y alborotadores. Fuentes cercanas al gobierno aseguran ahora que las autoridades serán “ejemplarizantes” con este caso.

Se ignora cuántos seguidores tiene Kabewa, pero algunos estiman que podrían ser cerca de un millar, siendo de largo la mayor de las sectas ilegales en la nave. Esto es así en parte gracias al sistemático desprecio del estricto planeamiento de la natalidad que han mostrado durante las últimas décadas los habitantes de la Zona Auxiliar, los más permeables ante el fanatismo y la superchería.

Los postulados de la fe kabewana hunden sus raíces en la convicción profunda y metafísica de que el ser humano pertenece a la Tierra y fuera de ella está desamparado. Esto hasta ahora era simplemente una sensación desagradable experimentada por muchos, conocida como “síndrome de Exosfera” y que la ciencia médica trata con terapia y ansiolíticos, pero para los “Verdaderos Creyentes” es la base de todo su sistema de creencias, a partir del cual explican la vida y la muerte.

La Tierra es el paraíso para los kabewanos, la “casa materna”, donde los difuntos descansarán en paz y alcanzarán la vida eterna. De manera bastante consecuente, en el otro extremo de la cuerda invisible que nuestra nave traza a través del Universo se encuentra el lugar de las almas en pena, el purgatorio. Para esta religión, Cibeles es un reflejo distorsionado y maléfico del planeta natal de la humanidad. Llegar allí es el máximo pecado para este culto. Sus adeptos quieren, a toda costa, revertir el rumbo de la nave. Algo completamente imposible.

“Aunque quisiéramos no podríamos”, explica el capitán Denis Mrabet. “Para dar la vuelta a la nave harían falta el doble de bombas de deuterio de las que hay cargadas. Sólo hay propulsión para frenar la nave, para detenerla. No se puede dar la vuelta, es así de sencillo”.

Pese a que lo anterior tiene una lógica aplastante y parece fácil de entender, los kabewanos no se dan por rendidos y esperan el advenimiento del Retornador, una persona surgida del pueblo y capaz de gobernar Exosfera al margen de las leyes de la física y ponerla en el camino de regreso a la Tierra, donde los descendientes del actual pasaje llegarían al cabo de otros dos siglos. Una vez allí, las cenizas de los difuntos podrían ser sacadas de sus urnas funerarias y arrojadas a los vientos y a los mares del planeta natal de la humanidad. De esta forma se fundirían con la naturaleza. Tras un lapso de varios siglos, las almas podrán seguir el ciclo de las reencarnaciones o, en caso de haberlo completado, ascender al cielo azul de la Tierra.

Las declaraciones de Kabewa ante el juez que instruye el caso en el que se le acusa de desórdenes públicos son esclarecedoras: “Nuestra diosa es la Madre Tierra y su reinado termina donde termina su cielo, es decir, su atmósfera. Cada planeta es un dios y nosotros lo único que queremos es revertir el pecado original que cometieron nuestros ancestros cuando abandonaron a su diosa, volver a su seno y que nuestros descendientes puedan vivir esta vida y las otras bajo su reinado”.

El artículo continúa a lo largo de otro par de páginas anunciando las medidas policiales que dispuso el gobierno consular contra los seguidores de kabewa y cómo éstos hasta la fecha que fue escrito habían conseguido eludir el control sobre sus actividades. Le pregunto a Río como continuó la historia.

-¿Qué le hicieron a Francis Kabewa?
-¿Tú qué crees? -responde-. Le ejecutaron. Públicamente. Fue ahorcado en un árbol cercano a uno de los templos donde se reunían sus feligreses. Su detención coincidió con el inicio de la deriva autoritaria en el gobierno de la nave. Ese momento marcó el comienzo de la edad de las tinieblas, pero en realidad, las cosas llevaban ya muchos años yendo muy mal en la nave. Me refiero a desigualdades cada vez más exageradas entre los ciudadanos y a graves problemas de orden público y de adicciones. El cónsul Ahmed Sullivan fue depuesto meses antes principalmente por su ineficacia en la lucha contra el sectarismo y la delincuencia y fue sustituído por otro que prometía mano dura y soluciones expeditivas: Nigel Connely.

Kitano se dirige hacia la mesa con una bandeja y un par de platos de lasaña rehidratada que ha calentado en el microondas.

-Tengo una pésima noticia -dice-. Se han terminado las cervezas y, de momento, no hay más. Tendremos que beber agua. Al menos sigue siendo potable.

Después de dejar la bandeja sobre la mesa, Río se deja caer pesadamente sobre su sillón, se lleva un trozo de lasaña a la boca y, sin esperar a terminar de tragárselo, continúa con la explicación. Según cuenta, fue Connely quien comenzó a cambiar las leyes de la nave y a reducir todas las garantías democráticas que existían con la excusa de luchar eficazmente contra el fanatismo, la delincuencia, la violencia, el alcoholismo y la droga. Manejó hábilmente a la opinión pública y alcanzó unos niveles de popularidad nunca vistos. Gobernó 25 años y terminó retirándose porque su avanzada edad le dificultaba ya el ejercicio de sus tareas. Al final de su mandato, Connely designó como su delfín a Robert Zimmerman, quien años después se cambiaría el nombre por Boston. El criterio de Connely condicionó de tal manera la siguiente elección de cónsul, que el joven Zimmerman venció por una mayoría aplastante.

-Si con Connely había comenzado el autoritarismo -concluye-, con Zimmerman se ahondó en esa línea y se añadieron elementos nuevos como la depravación, la locura y la satrapía.
-Lo que no entiendo -señalo- es como en una nave con una población de 5.000 habitantes y con una superficie habitable de apenas dos kilómetros cuadrados pueda surgir una secta y que las autoridades no puedan hacerse con el control de la situación.
-Aunque la edición fue revisada el año pasado, los datos de población que figuran en el reglamento están muy desfasados. La población de esta nave es más del doble de esa cantidad. Al margen de eso, me sorprende que te sorprenda que surjan rebeliones en una nave como ésta. Tu tesis y tus trabajos posteriores para Exosfera abordaban justo este tipo de cuestiones.
-Sí, pero aparte de que no recuerdo nada de eso, no entiendo como nadie puede llevar a cabo no una rebelión espontánea sino actividades secretas y clandestinas a lo largo de un largo periodo de tiempo en un entorno tan reducido. Y aún menos gente que parece bastante sencilla. No entiendo que la situación se les pudiera escapar de las manos a los anteriores cónsules.
-Si no entiendes que se puedan guardar secretos en un entorno tan reducido, no entiendes Exosfera -Kitano remata la sentencia con una especie de carcajada-. Y respecto a la sencillez de los seguidores de Kabewa habría mucho que decir. Este artículo es una perfecta muestra del momento en el que fue escrito. ¿Te das cuenta del tono tan condescendiente que utiliza para referirse a los kabewanos en particular y, en general, a toda la gente del anillo auxiliar? Hicieron muy mal tanto la autora como el resto de periodistas, políticos e intelectuales de su época despreciando y riéndose del culto kabewano. El doctor Kabewa sería muchas cosas, pero tonto, no, y se las ingenió para idear un sistema de creencias y pensamiento completo y complejo a partir de elementos cogidos de aquí y de allá: del cristianismo, de la religión grecolatina o de la espiritualidad oriental.

Kitano hace una pausa, ataca un último trozo de lasaña y continúa.

-Tienes que entender que para la mayor parte del pasaje la misión original de este viaje dejó de tener sentido hace generaciones. Miles de personas han nacido y han muerto en esta nave y no han conocido otra cosa que los dos kilómetros cuadrados a los que te referías antes. Han vivido vidas grises y sin expectativas. La idea de que los hijos de los hijos de los hijos de sus hijos poblarían un nuevo mundo era demasiado abstracta, demasiado desconectada de su cotidianidad. A nivel racional podían entender la utilidad y la importancia del viaje, pero a un nivel subconsciente, irracional, les faltaba algo. Exosfera se les quedaba pequeña y sentían que no tenían ningún control sobre sus vidas. Da igual todo lo grandiosa que sea la misión que llevaban a cabo, Exosfera no deja de ser un sitio muy pequeño. Kabewa supo darle un sentido a las vidas de miles de personas, supo llenar el vacío espiritual. Algo que los que diseñasteis este proyecto quizá descuidasteis.

Me siento ofendida por lo que acaba de decir Kitano. Es extraño porque yo no recuerdo nada de lo que al parecer escribí para defender que Exosfera fuera de una u otra manera, pero me siento interpelada por la acusación de “descuido” que me hace y siento que debería responder, rebatir. Pero no puedo. Los argumentos que habría de usar para confrontar con los suyos se encuentran en alguna parte de mi cerebro a la que no tengo acceso o quizá se han perdido para siempre. Kitano mantiene una actitud paternal y condescendiente, con una media sonrisa dibujada en su bocota manchada de salsa de tomate. Me saca de quicio. Quiero contestarle pero no sé cómo. El astrofísico debe ver mi cara de crispación y matiza sus palabras.

-No me malinterpretes, Claudia. He leído tus trabajos y son impresionantes. Realmente brillantes. Y no sólo tus trabajos, toda tu biografía es admirable. Sin embargo, hay cosas que supongo que no podíais predecir hace trescientos años. A posteri es fácil ver los defectos.
-No sé qué decir, Río. A todos los efectos es como si todo eso de lo que me hablas lo hubiera hecho otra persona, alguien que no era yo, así que puedes ahorrarte la adulación.
-Si repasamos la historia -continúa éste sin tener en cuenta lo que acabo de decirle-, una cosa que parece clara es que las sociedades más estables no fueron necesariamente las que parecieron más justas y racionales, sino quizá las que mejor lavaron el cerebro a su población con una serie de valores que no tenían nada de racional: dioses, patriotismo, banderas, enemigos, raza, paraíso… No se pensó en esto a la hora de crear un sistema de valores, de recompensas y de motivaciones para aquellos que habíamos de nacer en esta nave. Hablabais sólo de educación y de valores cívicos. De evitar reproducir los errores que estaban llevando a la humanidad y al planeta Tierra al borde del colapso. El Estado que ideasteis para Exosfera dejó a un lado el tema de las creencias. Era un asunto personal de cada uno. Probablemente eso fue un error y la prueba es que cuando comenzó este viaje, muchas personas se definían como ateas o como agnósticas… y hoy somos sólo unos pocos.
-Pero, ¿realmente piensas que los que ideamos el sistema social de la nave tendríamos que habernos propuesto “lavar el cerebro” del pasaje y convencerles de que había algo de divino en el viaje, para así evitar que surgiese una secta con valores opuestos?
-Quizá. Es posible.
-Pero eso es tremendamente cínico, ¿no? Tú mismo te defines como agnóstico. Hablas de convencer a la gente de algo en lo que tú mismo no crees. Simplemente como medio de control.
-Tu paisano Miguel de Unamuno defendía eso.
-No he leído a Unamuno. Bueno… no estoy segura. Al menos no recuerdo haberlo leído. Pero, ¿qué más da? Es una forma de elitismo que yo no comparto. No sé que argumentaría la Claudia de hace 300 años, pero la de ahora desde luego no piensa que esté bien mentirle a la gente para que se queden tranquilitos. Va contra mi ética. Yo creo en la verdad.
-Ya… “la verdad os hará libres”. Sigues siendo una revolucionaria.
-¿Qué?
-Juan, capítulo 8, versículo 32.
-No. ¿Por qué has dicho que sigo siendo una revolucionaria?

Kitano no responde a mi pregunta. La referencia a la biblia, no obstante, me ha golpeado en la cabeza y de ella han empezado a salir cosas. Me veo de niña, sentada en un pupitre, con una falda tableteada. Recuerdo a una profesora hablándome sobre la importancia de la verdad en un idioma que no es en el que pienso y que no se parece a ningún otro, pero que, sin embargo, comprendo.

-No pretendo discutir contigo, Claudia -dice Kitano, manteniendo su tono paternal-. Simplemente quiero que tengas elementos de juicio sobre cómo funciona esta nave porque te van a venir bien a la hora de actuar.
-¿A la hora de actuar?
-Llegará un momento en que tendrás que actuar. Todos tendremos que actuar. Entonces se sabrá quién es quién en la nave.
-¿No puedes ser más claro?
-Todo a su debido tiempo.
-¡Basta ya, Río Kitano! ¡Me cansan tus juegos de espías! ¡Estoy hasta las narices de que me hayas incluído sin yo pedirlo en una especie de conspiración! ¡Yo no quiero participar en ninguna conspiración! Bastante tengo ya con intentar averiguar quién soy como para tener que guardar secretos y manejar información privilegiada. -Me he puesto bastante nerviosa. Intento recobrar un poco la calma y sigo-. Si quisiera participar en una conjura o algo así, que no es el caso, al menos me gustaría tener todos los datos. ¡Estoy harta de que todo el mundo en esta nave me dosifique la información!

Río se retrepa en su sillón antes de hablar. Algo en su rostro se ha tensado. Creo que es la primera vez que le veo ponerse serio.

-Ojalá pudieras elegir, Claudia. Ojalá te pudiéramos dejar en paz y al margen. Tienes razón, no es justo que te pidamos ningún sacrificio y bastante trabajo tienes ya con intentar recuperar tu memoria. Pero, por desgracia, no puedes elegir. Va a estallar una guerra y nadie te va a dejar al margen por mucho que eso sea lo que te mereces. Yo sólo intento que te quedes en el bando ganador. Puedes elegir dejar de verme y lo entenderé. Si me lo pides, solicitaré que me releven de mis supuestas obligaciones con respecto a ti y me sustituirá otro oficial. Sin ningún problema. Sólo te pediré silencio con respecto a lo que hemos hablado y sé que, por tu propio bien, lo guardarás.
-Eso suena a amenaza.
-¡Claro que es una amenaza, Claudia! No es nada personal -sonríe, de manera bastante inquietante, he de decir-. No obstante, debido al aprecio que te tengo y, como deferencia, estoy añadiendo la máxima medida de sutileza al chantaje propio de estas situaciones. Sé que en nuestro caso no hará falta pasar de las palabras a los hechos.

Empiezo a sentir una sensación opresiva. De repente soy consciente de lo terriblemente pequeña que es Exosfera y de lo monstruosa que es la existencia de una humanidad en miniatura perdida en medio del espacio. Con guerras en miniatura, ejércitos en miniatura, conspiraciones en miniatura… que no por ser ridículamente pequeños dejan de ser igual de mortíferos para quienes participamos en ellas que las guerras, los ejércitos y las conspiraciones a tamaño real.

-Eso sí, no te librarás de estar en otra conspiración. Y peor que la nuestra. En esta nave todo el mundo conspira contra todo el mundo. Culpa de los Zimmerman: desde que gobiernan, la televisión, el cine y el teatro son una auténtica basura censurada. La gente se aburre y no tiene otra cosa mejor que hacer que conspirar.
-Has hablado de que vosotros sois el bando ganador… ¿Cómo estás tan seguro de que sois el bando ganador si aún no ha estallado la guerra? ¿Eres adivino?
-No, no… es más sencillo que eso. Es lógica elemental. Si nosotros ganamos, sobrevive todo el pasaje y toda la tripulación. Si perdemos, muere todo el mundo, incluidos los ganadores. Eso nos convierte técnicamente en ganadores en un 100% de las ocasiones en las que mantenerse con vida se considere como un requisito indispensable de la victoria.
-Tengo tres preguntas, Río. Si quieres que tú y yo sigamos hablando y quieres que siga formando parte de lo que sea que te traes entre manos, tienes que contestarme a las tres. Si no, te pediré que nos dejemos de ver.
-Dispara.
-Uno: ¿Cuál es la razón de vuestra conspiración? Dos: ¿Cómo pensáis obtener vuestros fines? Tres: ¿Quiénes estáis implicados?
-Voy a responderte a las tres. Pero no puedo darte todos los detalles en este momento. ¿De acuerdo?
-De acuerdo.
-Uno: Berlín Zimmerman nos va a matar a todos. Su forma de gobernar es desastrosa, se mire por donde se mire, pero no es en esencia distinta a la de sus libidinosos y autoritarios antepasados y ellos no destruyeron la nave. El problema es que él se enfrenta a un reto que le supera y que ni su abuelo, ni su bisabuelo tuvieron que afrontar. Los kabewanos están dispuestos a volar por los aires la nave si no se atiende a sus demandas, así que no queda más remedio que negociar con ellos. Sin embargo, Zimmerman se niega a toda negociación. El plan del cónsul es seguir las maniobras de aproximación y de frenado como está previsto e intentar reprimir mientras tanto la rebelión por medio de métodos exclusivamente militares. Cualquiera en su lugar entendería que los kabewanos no tienen nada que perder, literalmente, y que no dudarán en inmolarse y matarnos a todos si no les tenemos en cuenta. Pero Zimmerman no lo ve porque está loco y ciego y además tiene la pésima costumbre de acusar de alta traición a todos los consejeros que le intentan hacer ver que no está en lo cierto.
-¿Tan claro veis que los kabewanos estén dispuestos a morir para matarnos al resto? ¿No será un farol? Si algo he entendido de su culto es que tienen pánico a morir en medio del espacio.
-¿Aún no has llegado al capítulo en el que en el Reglamento se habla del Martillo?
-¿El Martillo?
-Cuando llegues lo entenderás. El Martillo es la clave. -Kitano, agitando su mano derecha en el aire, dibuja un gesto que más que al manejo de un martillo me recuerda al de una fusta-. Dos: Hay que quitar de enmedio a Zimmerman y poner al frente de la nave a una persona sensata.
-¿Quitarle de enmedio de la misma manera que a su padre?
-¡Qué suspicaz eres! -Kitano celebra con una carcajada mi pregunta-. No, de la misma manera no. Berlín Zimmerman es estúpido para algunas cosas, pero vigila muy bien lo que come.
-Te queda el número tres.
-Tres: Tenemos que ser tan discretos que cada uno de nosotros sólo conoce a un número limitado de personas implicadas en la operación. De esa forma, si alguien fuera apresado y torturado, sólo podría dar algunos nombres, pero no todos. Aproximadamente la mitad del directorio está conjurado contra Zimmerman, pero pocos saben con certidumbre quién está de su mismo lado y quien no, más allá de un par de personas.

La respuesta me satisface a medias y voy a preguntar nombres -¿Xin? ¿Dunaeva?-, pero un fuerte ruido me interrumpe. Un estruendo cuyo origen parece provenir de la zona de los ascensores, comunicada con el camarote de Kitano a través de un largo corredor que atraviesa todo el ala de babor del área residencial, donde habitan los oficiales de mayor graduación.

-¿Qué ha sido eso? -pregunto-. ¿Un asteroide golpeando el escudo o algo así?
-No, no creo. Es otra cosa. Coge la memoria que te he dado, levántante y camina hacia la puerta.

Según Kitano termina de decir esto, comienza a sonar una alarma y una voz robótica que cada cinco segundos repite la palabra “evacuación”.

-Es la alarma de incendio -explica Kitano mientras cierra la puerta de su cuarto detrás de sí-. ¡Vamos! Hay que bajar por las escaleras de servicio hacia el Anillo Principal y esperar en la zona de control.

En el pasillo comienzan a congregarse otros tripulantes de la nave que, ordenadamente y sin denotar una excesiva preocupación en sus rostros, comienzan a caminar en la dirección opuesta a la de los ascensores.
-¿Es un simulacro? -pregunto mientras caminamos.
-No, no es un simulacro. Hay atentados con bombas incendiarias todos los meses, así que hace tiempo que dejó de tener sentido hacer simulacros de incendio.



CAPÍTULO 8 – BOMBAS SOBRE EL ESTRECHO



Aplicación: Diario
Documento sin título (recuperado)
Memoria local.

Día 70. Año 289
1:48

Tengo 18 años, estoy vestida con un uniforme militar verde caqui y rodeada de otros jóvenes de aproximadamente mi misma edad, que llevan el mismo uniforme que yo y van tocados con boinas de color morado. Veo caras de inquietud. Yo también tengo miedo. Estamos haciendo la instrucción militar preuniversitaria. Todos somos novatos y llevamos pocas semanas en el ejército. Se suponía que sólo íbamos a hacer maniobras y a aprender lo básico del manejo de las armas y la disciplina militar. Como jugar al air soft, pero con más gritos, más malas caras y sin ninguna diversión.

Eso es lo que se suponía, pero hemos sido movilizados. En mitad de la noche nos han despertado, nos han puesto a formar y nos han metido en un aerotrén militar en dirección al sur. Han seleccionado a aquellos de nosotros que hablamos un inglés fluido y nos han dicho que nos llevan a Gibraltar. Hacemos falta en la frontera, nos explican. Tardamos algo más de dos horas desde la guarnición de Alicante.

Cuando llegamos allí aún no ha amanecido y no hace falta que nos expliquen demasiado para que nos hagamos cargo de la situación. Las caras que eran de preocupación ahora son de terror. Algunos de mis compañeros lloran y un chaval se ha orinado encima. La estela luminosa de los misiles tierra-tierra y de las balas trazadoras se refleja en las aguas negras del Estrecho. El frío húmedo contrasta con los arañazos incandescentes que rasgan el cielo y lo rompen en mil jirones. Podemos ver el espectáculo desde las ventanillas poco antes de detenernos en un apeadero industrial llamado Puente Mayorga, cerca de La Línea. El mar está muy cerca y, a pocos kilómetros, se ve el Peñón, resplandeciendo con un tono rojizo.

Paramos y nos ordenan bajar del aerotrén. En el mismo andén de la estación, una oficial con distintivo de alférez nos explica que tenemos que ayudar a establecer y controlar un campamento de desplazados. También que estemos preparados, porque quizá nos tocará estar en segunda línea para repeler una invasión terrestre. Suena una explosión por encima de la voz de la alférez y ésta exclama, sin controlar sus nervios, “¿¡pero para qué coño están los putos escudos antiaéreos!?”.

El repiqueteo de los disparos y el estruendo de las explosiones es casi continuo. Hay que hablar a gritos. Estamos a escasos cien metros del mar y tenemos una vista bastante amplia del escenario. La antigua colonia inglesa se consume en llamas y ha sido evacuada. Por encima de nuestras cabezas vemos pasar a toda velocidad varios cazas teledirigidos en dirección a África. El estruendo de sus reactores tarda varios segundos en llegar y coincide con el resplandor de varias explosiones en la costa que se extiende frente a nosotros, al otro lado del estrecho. Puedo ver el perfil de las montañas del Rif recortarse contra el cielo artificialmente iluminado y alcanzo a ver llamas entre las luces de una ciudad que, deduzco, debe ser Ceuta.

Nos conducen al campo de refugiados. Supuestamente estamos protegidos por los antimisiles, pero, de vez en cuando, algún proyectil toca el suelo y provoca un estruendo horrible acompañado de un temblor de tierra. A mí me llevan a la enfermería, que es donde más falta de personal hay. Gritos y olor acre. Veo muertos y veo vivos con heridas y mutilaciones indescriptibles. Hablo con gente que acaba de perder a algún miembro de su familia, pero actúo con una sangre fría que me sorprende a mí misma. Creo que, en relidad, estoy en shock. De repente una explosión suena más alta que las demás y la onda expansiva nos tira a todos al suelo.

Me despierto temblando. Me va a costar volverme a dormir.

Día 70. Año 289
14:50

Esta mañana me han llevado a hacer un recorrido por la cubierta de la nave. Me ha acompañado el cónsul Zimmerman y varios oficiales del llamado directorio de la nave. El profesor Kitano también estaba entre ellos y me ha dedicado una breve y discreta sonrisa cómplice cuando me ha visto, a modo de saludo. Zimmerman ha estado menos hablador esta vez y el protagonismo lo ha tomado Habana Martos, una ingeniera aeroespacial que ocupa el cargo de consejera de Infraestructuras.

Aparte del cónsul y los oficiales, nos ha acompañado un número sorprendente de militares con uniforme rojo, diría que unos 20. Hemos bajado desde la cubierta de oficiales al anillo auxiliar, donde se encuentra el área residencial de los civiles encargados del sector servicio y de las manufacturas. A la salida del ascensor que comunica ambas secciones de la nave había un puesto de control. Más militares, con cara de pocos amigos y vestidos con uniformes igualmente rojos, registraban a cada una de las personas que querían cruzar de un lado al otro. Nosotros hemos franqueado el umbral sin someternos a su escrutinio. Ver a tanta gente con uniforme militar por todas partes, con armas y con una actitud tan tensa, me pone los pelos de punta.

-A partir de este punto, Irlanda, es área exclusivamente civil -explica Martos, que ha empezado a darme datos y justificaciones como si yo fuera una especie de auditora venida del pasado-. En los últimos años ha habido peticiones de ampliar el área civil a zonas de la cubierta de oficiales, debido al incremento poblacional, pero esta idea no es viable. Los servicios de agua, luz, saneamientos y demás funcionan bien, pese a la presión demográfica. La sanidad también. Hemos hecho grandes adelantos en cuanto a antivirales para las distintas mutaciones de la gripe…

Martos no para de hablar. Es una mujer delgada y pequeña, con ojos muy grandes y el pelo, fosco y de color castaño, recogido en un moño. Da una imagen de mujer resolutiva y eficiente en su trabajo, pero también de impostación. Como si estuviera interpretando todo el rato un papel.

Lo primero que me llama la atención es la basura, que debería ser escrupulosamente reciclada, según el reglamento, pero se acumula ostensiblemente en varios puntos del recorrido. No digo nada, pero Martos se debe dar cuenta y me señala el techo: la enorme cristalera que se extiende a unos 60 metros sobre nuestras cabezas, formada por grandes paneles triangulares retroiluminados. “Los paneles van cambiando su luminosidad a lo largo de las horas y se apagan por la noche. Imitan en todo lo posible la composición espectrográfica de la luz solar y su variación lumínica a lo largo del día y del año, tomando como modelo las latitudes templadas del planeta Tierra. Las plantas que crecen aquí no notan la diferencia”.

Caminamos a través de una extraña avenida zigzagueante, escoltados siempre por los militares con sus vistosos uniformes. Decenas de personas nos observan con caras que van del miedo a la inexpresividad, sin pasar en ningún momento por la sonrisa. Algunos evitan mirarnos.

Las áreas residenciales se levantan a ambos lados de la avenida y están dispuestas en diferentes niveles. He contado hasta diez alturas. Escaleras y, de vez en cuando, algunos ascensores dan acceso a las distintas plantas, cada una de las cuales dispone de un corredor balconado. Tras las barandas que recorren cada nivel se ven decenas de puertas y ventanas de distintos colores. El nivel de calle está destinado a lo que parecen almacenes, tiendas y espacios de reunión, pero casi todos están vacíos. Veo rastros de pintadas en algunas paredes. Han sido borradas, pero aquí y allá se entrevé alguna letra. Intento descifrar que ponía en una de ellas y entreveo un par de palabras, quizá una firma. Juego a descifrar el borrón y a encontrar letras en lo que solo son tenues manchas: R… E… T… O…, pero me distrae una rata que corre paralela a la pared y se mete en un recoveco.

“La avenida no es recta para aprovechar mejor el espacio y también para evitar el efecto ‘mareante’ que generaría ver que el suelo se curva y se va empinando de manera imposible ante nuestros ojos debido a la forma toroidal de los anillos habitables de la nave”, explica Martos, describiendo un círculo con las manos.

Pese a que el reglamento de la nave también indica que toda la producción agrícola y ganadera se concentra en el otro anillo de la nave, el llamado auxiliar, veo que muchas de las zonas ajardinadas que discurren paralelas a los módulos de viviendas han sido reconvertidas en huertos. También escucho un par de veces el canto de un gallo. Y una cosa todavía más notable: en algunas de las azoteas que se levantan por encima del décimo nivel atisbo que se han añadido plantas suplementarias con aspecto de jaima y también hay estructuras hechas con tubos verticales y horizontales donde se enrollan las vides.

Seguimos el recorrido y Martos continúa con su perorata, ofreciéndome prolijas explicaciones acerca del suministro eléctrico de la nave y la regulación de la temperatura. Siguen sorprendiéndome las caras inexpresivas de los ciudadanos y el hecho de que todos ellos estén delgadísimos. Todos se paran a nuestro paso, pero nadie sonríe, nadie saluda. Ni siquiera nos miran. Sus ojos hundidos permanecen fijos en el suelo mientras esperan a que pasemos para retomar sus ocupaciones. Mientras pasamos, los únicos que continúan con sus tareas como si tal cosa son los miembros de una cuadrilla de operarios que limpian las aceras, con especial atención a la basura que se acumula en las esquinas. Las paredes y el suelo no forman un ángulo recto al unirse, sino una suave hipérbola. Todas las esquinas y rincones de la nave son romos, supongo que para limpiar más fácilmente y evitar lo inevitable: la acumulación de suciedad y roña a lo largo de muchas décadas.

Al regresar al puesto de control por donde hemos accedido a la zona civil, ubicado en un cruce, me fijo que en el otro extremo de la vía perpendicular a la que traíamos puede verse otro puesto de control similar. Atisbo un gigantesco portalón de color naranja que permanece cerrado y rodeado de personal armado. Pregunto qué es ese lugar. Martos mira con incomodidad a Zimmerman antes de responder. Éste parece darle permiso para hablar libremente, pero, cuando la ingeniera va a tomar la palabra, el cónsul la interrumpe.

-Eso que ves al otro extremo de la avenida es el comienzo del pasillo que comunica el módulo principal con el módulo auxiliar.
-El módulo auxiliar -todo esto lo acabo de leer en el reglamento- es la zona dónde están las áreas de cultivo, las granjas y las reservas de agua, ¿no es así?
-Eso es.
-Me gustaría verlo.
-Ahora no va a ser posible -responde el cónsul tras unos segundos de silencio dubitativo-. Pero lo verás. Te aseguro que lo verás.

Día 70. Año 289
18:00

Después del paseo tenía muchas preguntas. He decidido pasarme por el camarote de Kitano a buscar algunas respuestas. Lo he encontrado justo en la puerta, se marchaba.

-Quiero hablar contigo, Río.
-Ahora no tengo mucho tiempo, Irlanda. Tengo que marcharme.
-Quiero saber…

Río me ha interrumpido, llevándose su dedo índice a la boca. Me ha cogido por el hombro izquierdo con su enorme mano y me ha hecho entrar en sus dependencias casi de un empujón.

-Sólo un minuto -me dice, cerrando la puerta tras de sí-. No puedo retrasarme. ¿Qué quieres saber?
-Para empezar… ¿Cómo es que en tu camarote podemos hablar con tanta libertad? ¿Cómo sabes que aquí no hay micrófonos? Las primeras veces que hablamos me dijiste que había micrófonos por todas partes… ¿por qué no en tu cuarto? ¿A qué vienen estos privilegios?
-No te puedo responder a eso, Claudia. No todavía. Pero te voy a contestar a lo que de verdad quieres saber, te voy a resolver la duda por la que has venido a buscarme. El cónsul no te puede dejar pasar a la otra zona porque ni siquiera él mismo puede pasar.
-¿Cómo? ¿El cónsul no puede pasar a la otra parte de la nave? ¿No se supone que es la máxima autoridad?
-Ni el cónsul, ni ninguno de nosotros, ni tú, ni yo, podemos pasar a la otra parte de la nave, porque los que están al otro lado de la galería no quieren que pasemos. Así de sencillo.
-¿Los que están al otro lado?
-Los kabewanos.
-¿Los kabewanos? ¿Y esos quiénes son? ¿Extraterrestres? -Lo digo casi en serio. Creo que ya nada podría sorprenderme en esta nave.
-Sí, más o menos -responde Río-. Extraterrestres igual que nosotros.

Kitano echa mano de una libreta de papel que lleva en el bolsillo de su chaqueta y se pone a dibujar un croquis de la nave.
-El corredor cuyo acceso has visto está lleno de sacos de explosivos fabricados a partir de fertilizante. Al otro lado de la puerta cerrada hay hombres armados que sólo dejan pasar los transportes de mercancías: los productos básicos que vienen de su lado y las manufacturas que salen del nuestro. Ellos pueden sobrevivir sin los bienes de consumo que producimos nosotros, pero nosotros no nos podemos pasar sin los alimentos que crecen en su lado. Por fortuna, son aficionados a nuestros táctiles, nuestros aurales, nuestras televisiones y nuestra ropa; y también les viene bien la maquinaria agrícola e industrial. Gracias a ello podemos negociar buenos cupos y no nos matan de hambre. Pero nos tienen bien agarrados. Lo más que podríamos hacer es dejarles sin electricidad, pero antes de que se murieran a oscuras y congelados, ellos nos envenenarían el agua. Si intentamos intervenir militarmente, ellos amenazan con volar el túnel con sus explosivos, lo que generaría una despresurización que destruiría ambos anillos de la nave.
-Destrucción mutua asegurada -digo. Una expresión que recuerdo haber escuchado en la universidad. Se decía mucho en la primera época en la que la humanidad se asomó al abismo del armagedón nuclear.
-Eso es -responde.
-Pero… ¿Por qué hacen esto? Quiero decir… ¿qué piden los kabewanos? Porque si hacen todo esto será porque no están conformes con algo… con el cónsul o con…
-Es largo de explicar, Claudia. Y ahora tengo que irme.

Me ha invitado a salir primero. Después ha cerrado detrás de mí y ha esperado que yo me pusiera a caminar en dirección a mi camarote para moverse.

Día 70. Año 289
22:30

La jornada me ha deparado una última sorpresa. Acompañando a la camarera y al cus-cus insípido, que se ha convertido en toda una tradición a la hora de cenar, venía Aral Dunaeva, la capitana de la nave. Se ha mostrado muy simpática y sonriente, pero también parecía un poco nerviosa, cosa que, dado su rango, me ha sorprendido. Ha empezado diciéndome que se alegraba de mi recuperación, que se quedó muy preocupada tras mi visita al puente de la nave y se alegraba de mi rápida mejora. Mientras hablaba no paraba de mirar hacia las esquinas de la habitación, quizá buscando cámaras o micrófonos o no sé muy bien qué. Me ha invitado a cenar mañana por la noche sus dependencias, “para preparar la reunión del directorio”, según me ha dicho.



CAPÍTULO 7 – CIBELES



Aplicación: Diario
Documento sin título (recuperado)
Memoria local.

Día 69. Año 289
20:05

Para poder hablar conmigo regularmente, Kitano se ha presentado voluntario para explicarme “los aspectos técnicos” del viaje que realiza Exosfera y tiene que presentar un informe -imagino que falso- de todos nuestros avances.

En nuestra segunda reunión me enseñó cómo encriptar el contenido de este diario. La mitad de las veces me irrita el tono paternalista con el que me habla, pero al mismo tiempo es la única persona que me suministra información completa sobre la nave y sobre mi situación en ella, así que creo que no tengo más remedio que transigir con sus rarezas e impertinencias si quiero hacerme una idea de lo que está sucediendo. No sé qué intereses puede tener Kitano en contarme todo lo que me está contando y eso también me escama. Cuando no suena paternalista, suena conspirativo… y algunas veces ambas cosas a la vez.

-Como resulta que eres tan terca como me había imaginado, seguirás escribiendo en tu diario -me dice.
-No es de tu incumbencia -respondo, pese a que lo cierto es que no he escrito. En ese momento llevo dos días sin escribir. Kitano se ríe y continúa hablando, en un tono tan relajado y tan poco reactivo ante mi desabrida respuesta que me resulta un poco irritante.

-Los informáticos son unos chapuceros. Han deshabilitado la opción de encriptado en el menú principal, pero es muy fácil parchearlo. Podría decirte cómo reestablecer el encriptado pero eso resultaría inmediatamente sospechoso para cualquiera que quisiera cotillear tu táctil. Lo que tienes que hacer cada vez que escribas es eliminar el documento, mandarlo a la papelera. Resulta que en la aplicación de recuperación de documentos sí que tienes disponible la opción de encriptado, así que puedes poner una contraseña, la que quieras. Cada vez que se quiera recuperar el contenido de la papelera habrá que hacer uso de una clave que solo conoces tú. ¿Genial, no? Discreto y seguro. Puedes volver a dejar el táctil en la mesilla de noche y dejar de levantar sospechas escondiéndolo.

Supongo que tiene razón y que el consejo es desinteresado. Le he hecho caso. También me ha aconsejado -o más bien me ha ordenado- que no desvele absolutamente nada del contenido de nuestras conversaciones y que me muestre dócil y servicial con todo el mundo, especialmente con el cónsul, si tengo la ocasión de hablar con él.

La tercera y cuarta reunión han sido un poco menos conspirativas. Río me ha dicho que prefiere esperar un poco para seguirme contando “secretos” sobre la nave. En lugar de eso, me ha propuesto ver un par de películas clásicas con él: 2001, una odisea en el espacio y Teléfono Rojo, volamos hacia Moscú. Aunque ambas son de un mismo director, un estadounidense del XX cuyo nombre no recuerdo ahora, no podrían ser más distintas. La primera me resultaba familiar, no así no la segunda. Los motivos de la elección son bastante transparentes: la exploración espacial y el origen de la vida, vistos ambos temas desde la exótica visión que tenían a mediados del siglo XX acerca del futuro, y el miedo a la destrucción nuclear, tratado con un sentido del humor cáustico que me ha encantado. El visionado de estos vídeos es una actividad de la que Kitano, según me asegura, puede informar sin problemas y que yo puedo mencionar sin restricciones. “Si quieres que alguien se trague una mentira, asegúrate de meterla entre un par de rebanadas de verdad”, dice. Luego le da un mordisco a un sándwich y se ríe de su ocurrencia con la boca llena.

Resulta que Kitano es un gran aficionado al cine. Acumula en su cabeza un conocimiento casi enciclopédico y además tiene acceso a un archivo fílmico de varios cientos de petabytes que incluye la práctica totalidad de las películas comercializadas a lo largo de los doscientos años previos al inicio del viaje de Exosfera. “Sólo yo y dos o tres personas más tenemos acceso a este archivo”, me explica. “La mayor parte del pasaje y de los oficiales sólo pueden ver unas cuantas decenas de películas que se consideran autorizadas”.

Me pregunto por qué Kitano tiene acceso a todas esas películas sin censura y la inmensa mayoría de la gente no. Por qué parece tener privilegios que el resto de oficiales y miembros del directorio no tienen y al mismo tiempo actúa como una especie de disidente o de espía. No pienso que pueda o deba fiarme completamente de él, pero parece que es la única persona con la que puedo mantener una conversación estimulante. Pienso en eso mientras comentamos la película que estamos viendo. El militar cabalgando una vieja bomba de uranio, como un cowboy, se precipita sobre Rusia con necrófilo entusiasmo. Aparece el rótulo de THE END, Kitano toca el botón de ‘pausa’ y a mí se me congela la sonrisa.

Comemos palomitas de maíz y bebemos cerveza con sabor a óxido de hierro, sentados en un sofá ruinoso que cruje bajo el considerable peso del anfitrión. La conversación ha terminado derivando hacia la importancia de que me haga cargo de que la situación en la nave no es buena y que debo seguirle la corriente a Bekhti. Mi anfitrión ha vuelto al tono entre conspirativo y paternal que tanto le gusta. Antes de despedirnos me dice que tiene una cosa para mí.

-Te acabo de dejar un libro en el táctil, para que lo leas, si quieres, cuando tengas un rato. Pero ten mucho cuidado, por favor. Tienes que hacer con él lo mismo que con el diario: mandarlo a la papelera y siempre acceder a él desde ahí -me explica.

El libro es 1984, de George Orwell. No me suena de nada y no veo en qué me puede resultar útil. Me dirijo a mi habitación pensando que en cuatro días Kitano no ha honrado su palabra de contarme cosas sobre mi vida en la Tierra, algo que me dijo que haría la primera vez que hablamos. Los oficiales con los que me cruzo me miran con curiosidad. Todos saben quién soy, por supuesto. Todos saben más de mí que yo misma.

Día 69. Año 289
22:17

Bekhti también me ha puesto deberes. Ha llegado a la hora de cenar, acompañando a la camarera que me traía una especie de cus-cus insípido para cenar, y me ha dado para leer el “Reglamento” de la nave. Sigue negándose a proporcionarme información sobre mi vida anterior. Los escasos recuerdos que me vienen son previos a los 20 años. Desde ahí a los 32, nada. A Bekhti no le puedo preguntar ningún detalle adicional sobre mi vida académica porque se supone que yo ya soy capaz de recordar, al menos en líneas generales, esa parte de mi biografía. Si no, no me habrían sacado de la enfermería.

Tengo miedo de que en cualquier momento me pregunte sobre cualquier cosa relacionada con mi actividad profesional, responder mal y que decidan que no soy útil para el proyecto.

En cuanto a mi vida personal, me dice que es mejor que la recuerde por mi misma, ya que hay “aspectos conflictivos” que tengo que abordar sola. En lugar de darme alguna pista, me dice que ha enviado a mi táctil el Reglamento y que me lo lea a ver si en él encuentro algo “que me estimule el recuerdo”. Me suena a chiste malo.

Empiezo a leerlo con bastante escepticismo pero encuentro que, pese a lo desalentador que puede parecer un texto que se llama simplemente REGLAMENTO, así, en mayúsculas, es una lectura muy interesante y llena de información que aún desconocía sobre Exosfera. Para empezar, antes de entrar en los aspectos técnicos y legislativos, hay un capítulo introductorio donde se recogen sucintamente todos los aspectos relevantes sobre el inicio del viaje y, sobre todo, lo que nos espera a su término.

Deslizando mis ojos por los renglones apretados que muestra mi táctil he vuelto a ser consciente -porque por momentos se me olvida- de la monstruosa distancia que ha recorrido hasta ahora la nave y lo lejos que estamos de la Tierra. He visualizado la negra, aburrida e inútilmente vacía extensión que hemos surcado hasta ahora y he sentido una sensación de náusea. Me he sentido realmente enferma. Era una sensación parecida a la sensación que se tiene a veces al despertar de una de esas pegajosas pesadillas que acompañan a la fiebre.

El Reglamento comenzaba con una completa introducción histórica, como si quien lo haya escrito o revisado hubiera creído necesario recordar al lector que estaba en un viaje extraordinario. En el viaje más importante de la historia de la humanidad.

(…) Utilizar detonaciones nucleares como método de propulsión interestelar era una posibilidad teórica desde finales del siglo XX. Construir naves que se valiesen de esa tecnología requirió, sin embargo, muchos años de perfeccionamiento de otras muchas tecnologías, y, sobre todo, que la humanidad tuviese un incentivo para dedicar una enorme cantidad de recursos económicos y materiales a tal fin.

El texto sigue detallando cómo se consiguieron reproducir en un entorno aislado las condiciones para la vida. Explica que Exosfera es heredera de proyectos como Biosfera II y que el ciclo del agua en la nave dura 500 años. Todo el agua y todo el aire contenidos en la nave se regeneran a sí mismos. Los residuos orgánicos se compostizan. Todas las criaturas de Exosfera sirven, cuando llegan al final de su vida, de alimento a los seres más bajos de la cadena trófica: los hongos y las bacterias. Con una excepción, los seres humanos que mueren son incinerados y sus cenizas permanecen en urnas.

Finalmente, el capítulo introductorio del Reglamento concluye explicando algunas de las características físicas del mundo del que nos dirigimos.

El planeta de destino de la nave se llama Cibeles. Cibeles, Mu Arae h o Mu Arae IV. El segundo y tercer nombre dependen de si ordenamos por la fecha de descubrimiento o por su cercanía a la estrella. Fueron los nombres que los científicos dieron en primer lugar al planeta cuando lo descubrieron en 2042. Años después, se le bautizó de una manera menos prosaica: Cibeles, siguiendo con la tradición de dar nombres de deidades ctónicas a los exoplanetas con cierta similitud con la Tierra. Cibeles es el equivalente en la mitología frigia de la diosa que los antiguos griegos conocían con el nombre de Gea, la diosa de la Tierra.

El planeta se encuentra justo en medio de la “zona de habitabilidad” de su estrella, la zona en la que se estima que puede existir el agua en estado líquido. Orbita entre dos gigantes gaseosos, Mu Arae III -Atalanta- y Mu Arae V -Hipómenes-, que le protegen de los impactos de meteoritos y cometas, como dos enormes, poderosos y benévolos dioses de una cosmogonía casi desconocida.

Cibeles tiene un tamaño de entre el 85% y el 95% del tamaño de la Tierra, orbita su estrella a 1,20 unidades astronómicas y completa cada revolución en 469 días terrestres. Según los astrofísicos, no debería estar ahí. Pero está. Su posición orbital, atípica según los modelos de formación planetaria, hace pensar que originalmente era una luna de Hipómenes, que, por alguna razón, fue capaz de alejarse lo suficiente de la tutela de ese auténtico monstruo mitológico casi dos veces más grande que Júpiter.

La temperatura media en la superficie de Cibeles se estima en unos quince grados, exactamente igual que en la Tierra y el análisis espectrográfico de la atmósfera indica la presencia de agua. A medida que la nave se acerca, es posible obtener nuevos datos con el radiotelescopio. Recientemente se han descubierto tres pequeños satélites naturales orbitando alrededor del planeta, ninguno de los cuales supera los 200 kilómetros de diámetro. Han sido bautizados como Acmón, Damnameneo y Celmis.

Llegaremos en unas pocas semanas.

María

Publicado: 2015-10-23 en relato

Hola amigos,

Sé que me había comprometido a que todos los viernes iba a haber una actualización de ‘La embajada flotante’, hasta que se acabara la novela, el mundo o mi ánimo (lo que sucediera antes). No ha pasado ninguna de las tres cosas, afortunadamente. Lo que ha ocurrido es que asuntos importantes me han retenido (me encanta esta frase, solo falta un “en San Petersburgo”) y no he podido escribir mucho a lo largo de esta semana. Y eso me lleva a adelantar una decisión que caía por su propio peso: volver a publicar una vez a la semana, ya que me cuesta escribir al mismo ritmo que publico y necesito tener un poco más de margen.

Si os parece bien, a partir de ahora la cosa se hará así: los lunes un nuevo episodio de ‘La embajada flotante’ y los viernes, otra cosa. Empezando por hoy.

En compensación por suspender la publicación de hoy sin avisar, voy a compartir una cosa un poco vergonzante. Hace unos meses extraje un disco duro de un viejo portátil IBM que hacía años que no utilizaba. Ayer estuve repasando una carpeta que no había visto hasta ahora y encontré varios relatos que escribí cuando iba a la universidad, entre 2.000 y 2.005. La mayoría son una mierda sin paliativos, pero este que os pongo debajo me ha hecho gracia. Lo debí escribir con 21 o 22 años, (nótese que los personajes del relato fuman en la cafetería de su facultad). Descubrir que hace 12 años escribía cosas parecidas y sobre temas parecidos a lo que escribo ahora no me ha resultado completamente alentador, la verdad. Allá va.


MARÍA (2003)

María está leyendo un libro mientras se toma un café. Ahora cierra cuidadosamente el libro, que parece un ejemplar de préstamo de la biblioteca de esta facultad, con el papel totalmente amarillento y con el lomo y las solapas llenas de tiras de celofán puestas ahí para evitar su inminente desintegración.

Con una cartulina marca la página en la que ha interrumpido la lectura, deja el libro sobre la mesa, coge un paquete de tabaco de su bolso de punto color burdeos, saca un cigarrillo, busca el mechero, no lo encuentra, se levanta.-yo dejo de respirar-, se acerca, se está acercando.

-Perdona ¿tienes fuego? -pregunta ella.
-¿Fu-f-fuego? eh sí, toma…

Bien. Podría haber sido peor. Le entrego mi mechero, procuro controlar mis nervios.

-¿Fumas?
-Este… no… no, gracias, no fumo.

Casi le digo que sí. Pero no… yo no fumo, yo soy el clásico idiota que lleva mechero para ofrecer fuego a las tías con las que pretende ligar. Seguro que se ha dado cuenta. Seguro. Mierda. Seré estúpido. Tenía que haber cogido el pitillo que me ofrecía. Joder.

Ella se pone el cigarro en la boca, lo aprieta entre sus finos labios rosados y lo enciende… por un breve instante me mira directamente a los ojos. Uf. Suelta el humo del cigarro y se dirige a mí en un tono mucho menos distante:

-Tú eres amigo de Fernando ¿verdad? Tú te llamabas… esperaaaaa, a ver. ¡Esteban! ¿verdad? Es que soy un poco desastre para los nombres…

Contra todo pronóstico se sabe mi nombre… yo sabía que me conocía, claro, pero no esperaba tanto. Habré estado unas ocho veces con ella y sus amigos, pero nunca me ha hecho ni caso.

-Sí, Esteban… tú, María ¿verdad? -joder, parezco Tarzán-. Eh, sí. Fernando y yo nos conocemos desde canis… eh… desde pequeños, vamos.

Ella da una calada al cigarro y dice:

-¡Fernando es un chaval de puta madre, es un encanto! Así que os conocéis desde antes. Entonces, eres de Villaverde, como él, claro…
-Si bueno, nací en Murcia -respondo-, pero he vivido casi toda la vida en Madrid.

Ah, pero a quién cojones le importa si yo nací en Murcia o si nací en Guinea Conackry. Va a pensar que soy lelo.

-Pues ¿sabes? Lo mío es muy gracioso: yo nací en un tren en marcha, cuando mis padres venían de ver a un pariente enfermo en Portugal. Me adelanté más de mes y medio, se ve que tenía prisa por salir o algo. Imagínate que jaleo se debió montar en el tren. Menos mal que había un médico. Lo curioso, tío, es que nací justo cuando cruzábamos el Guadiana, antes de llegar a Ayamonte, justo sobre la frontera, así que, realmente, no se sabe si soy portuguesa o española… jajaja.
-¡Venga!
-Créetelo, bueno en el DNI pone que nací en Sevilla, el lugar de destino del tren, porque, claro, la partida de nacimiento la expidieron en un hospital de allí. Pero la verdad es ésta: se puede decir que soy apátrida, porque el río Guadiana entre España y Portugal se considera zona internacional.

Acojonante… será.. esta tía tiene que ser única hasta para nacer… ¡Apátrida y sietemesina en un tren en marcha entre dos países!… ¿no es para odiarla? Pero… ¿por qué me cuenta todo esto?

-Puedo decir que soy andaluza, que es lo que pone en el DNI, y extremeña, porque toda mi familia es de Jerez de los Caballeros, que está en Badajoz, y yo estuve viviendo allí hasta que tuve dos años y medio… y bueno, claro, soy madrileña, porque me he criado en Madrid ¿no?
-Esto… ¿y en que parte vives?
-En Aravaca.
-Ah…

Aravaca me suena un montón a sitio pijo… no es para menos, hombre, no puede ser cualquier sitio… es el sitio donde vive María. Podrían cambiarle el nombre y llamarlo así: “El sitio donde vive María”.

¡Ah!… ¿Qué estoy haciendo? La estaba mirando las tetas… ¡Mierda! No he podido evitarlo. ¿Se habrá dado cuenta? Seguro que se ha dado cuenta ¿Cómo no se va a haber dado cuenta?Ya la he cagado. Va a pensar que soy un cerdo. Me va a llamar cerdo y me va a dar una hostia en la cara que va a retumbar en toda la cafetería. Todo el mundo se va a quedar mirándome y comentando la jugada, y se va a reír de mí hasta el camarero ése con cara de empleado de pompas fúnebres.

Aprieto los dientes, estoy a punto de cerrar los ojos preparándome para recibir el impacto de la palma de su mano estampándose con fuerza en mi carrillo izquierdo (a no ser que sea zurda, que entonces será en el derecho).Tensión. Vaya, de momento parece que no coge impulso para propulsar su brazo sobre mí.

No, ella sigue hablando tranquilamente de su barrio, y en su mano izquierda (es zurda) sostiene el cigarro sin denotar tensión o crispación; así que deduzco que no se ha dado cuenta de cómo me asomaba por encima de su escote.

Instintivamente me llevo la mano derecha a la cara. María pone la atención de sus grandes ojos verdes sobre ella… ¡Horror! No me he cortado las uñas desde hace un período de tiempo bastante amplio que no soy capaz de precisar.

-Oye, ¿tocas la guitarra? -me dice en un tono en el que percibo un matiz de sorpresa
-Eh… ¡Sí!

¿Se lo habrá tragado? Ella ha visto mis uñas de ave rapaz y lo primero que ha pensado es que las llevo largas porque toco la guitarra española… supongo que en el maravilloso mundo de María no se puede concebir que haya tipos tan haraganes que se dejen crecer las uñas símplemente porque se olvidan sistemáticamente de cortárselas. Y yo le he dicho que sé tocar… si yo lo para lo único que creo puedo tener alguna aptitud es para tocar la zambomba.

-¿Ah, sí? ¡Qué guay, tío!
-Bueno, estoy empezando ahora, de momento estoy con lo básico. Las notas, los… los acordes… y… eso…
-Es que a mí me encanta la música, ¿sabes?. Yo toco el piano. Estoy en quinto curso de conservatorio… y también sé tocar la guitarra, pero poquito.
-¡Qué bien!

Miro como María apaga el menguado cigarro en el cenicero de mi mesa.

-Bueno, chico -me dice-, me voy para allá, que tengo todo en esa mesa, y estoy esperando a un amigo. Un placer haber hablado contigo.
-Lo mismo digo…
-Venga, hasta otra…
-Hasta luego

Se va. Yo me quedo mirando como la colilla aplastada sobre el cenicero poco a poco va apagándose. Intento ordenar mis pensamientos, dentro de dos horas tengo un examen y apenas he estudiado… pero no puedo pensar en eso… sólo puedo pensar en ella: he hablado con ella, ella me ha mirado, ella me ha pedido fuego, ella me conocía, ella se ha quedado hablando conmigo y ella se ha ido.

Pero… un momento. ¡Es mentira!… ¡joder!… ¿pero?…

¡Sí, joder!… ¡Claro que es mentira!… Mi padre trabaja en RENFE, es ferroviario, conductor de trenes. Desde pequeño me ha regalado trenecitos de juguete y tenemos en el salón un mapa de España con todas las vías férreas y lo he mirado tantas veces que podría dibujarlo de memoria… ¡Estoy seguro!

¡No hay ningún tren que vaya de Portugal a Sevilla pasando por Ayamonte!



CAPÍTULO 6 – KITANO



Aplicación: Diario
Documento sin título (recuperado)
Memoria local.

Día 69. Año 289
16:05

No he tenido demasiado tiempo para escribir aquí los últimos días, pero he decidido que es importante retomar este diario. No sé si importante para mí o para alguien que lo lea en un futuro, pero importante en todo caso. Además ahora sé cómo proteger la información que escribo en él.

No sé muy bien por dónde empezar, ya que durante las cuatro jornadas que han pasado desde que me sacaron de la enfermería y me instalaron en un pequeño camarote del módulo de oficiales han sucedido muchas cosas, así que voy a permitirme no seguir un orden cronológico estricto e ir directamente a lo más interesante, que se concentra en las cuatro reuniones que he tenido a solas con el alférez Río Kitano. De hecho, creo que poner por escrito lo que hemos hablado me va a ayudar a tener más claro qué pienso sobre él y sobre las cosas que me ha revelado.

Mi nuevo hogar es una pequeña estancia alargada dividida en tres secciones: sala, cocina y baño. No hay ventanas ni más decoración que un retrato del cónsul Zimmerman colgado de la pared y unas manchas herrumbrosas en el techo. La cama se pliega convirtiéndose en un sofá, hay un escritorio con una silla bastante incómoda que se puede regular en altura pero no acercar ni alejar de la mesa y un monitor de pared que no funciona (Bekhti asegura que ya ha pedido que lo reparen). La cocina está provista de los utensilios básicos, todos ellos guardados en cajones con hornacinas que tienen la forma del objeto que cobijan. Todo el mobiliario está atornillado al suelo, supongo que para evitar que asientos, mesas y muebles salgan volando si en algún momento deja de haber gravedad.

No habían pasado ni cuatro horas de mi traslado a este camarote cuando Kitano se presentó. Al menos esta vez llamó a la puerta. Traía un cubo de rubick a modo de obsequio y me informaba que había sido incluído en el equipo de personas a cargo de mi recuperación intelectual. Con una actitud que en nada indicaba que hubiéramos hablado con anterioridad, me invitaba a acompañarle a su camarote, donde podríamos trabajar “mucho más tranquilos”.

Una vez allí, entendí que con “mucho más tranquilos” se refería a sin miedo a que los indiscretos micrófonos registrasen nuestra conversación. Los primero que me dijo fue lo siguiente: “no me parece buena idea que escribas un diario y mucho menos que guardes el táctil debajo de la almohada de tu cama. Es casi lo más sospechoso que podrías hacer. Deberías haber borrado la tesis en cuanto la leíste y haberte abstenido de seguir con el diario”.

-¿Cómo sabes que lo guardo debajo de la almohada? ¿Cómo sabes que llevo un diario? ¿Me espías? -en ese momento quise salir corriendo de su estancia, pero tampoco tenía claro a dónde podía ir y con quién más podía hablar. Kitano había prometido contármelo todo y me había hecho sentarme en un sofá de aspecto decrépito, lleno de rasgaduras por donde se escapaba el relleno de espumillón.
-Intento protegerte.
-¡Me espías por la noche! ¡Me has hecho venir aquí para hablarme de no sé muy bien qué y de lo primero que me entero es que me has estado espiando mientras dormía! ¿Cómo quieres que confíe en tí, cerdo asqueroso?
-No tenía otra forma de acceder a ti y tú necesitabas ayuda. Sí, entré en tu habitación, dos veces. Y además leí tu diario. Sé que tu mente, tu memoria, se ha quedado detenida en los 20 años. Perdóname, pero sólo intento protegerte.
-¿Protegerme por qué? ¿De qué? ¿De quién?
-Digamos que nos necesitamos para sobrevivir. Tu me necesitas a mí y yo a tí. Es un intercambio de favores.
-¿Como pudiste entrar en mi habitación y largarte sin que te vieran?
-Fácil. Conozco esta nave mejor que nadie.
-Eso no es una explicación.

El grandullón de Kitano se me quedó mirando con una sonrisa de oreja a oreja sin añadir nada más. Estaba repantingado en un sillón, a unos dos metros, mirándome. Parecía estar preguntándose por dónde empezar. El camarote estaba ordenado y olía a algún tipo de producto de limpieza. Las paredes habían sido pintadas hacía poco tiempo con una pintura mate de un tono violeta claro, pero los elementos que lo poblaban parecían a punto de desintegrarse: un sofá y un sillón llenos de rotos y de costurones, un monitor de televisión de una extraña forma cública y con aspecto de haber sufrido un incendio, una repisa decorada con viejísimos libros de papel y un cubo de rubick igual al que me acababa de regalar.

Kitano reparó en que estaba mirando sus libros y me dijo algo así como “menudas antiguallas, eh”. Me explicó que son autenticas joyas, parte de una colección bibliográfica que se embarcó en la nave como recuerdo de la Tierra. Se dieron por perdidas hacía muchos años, durante un incidente cuya mención me dejó helada: el saqueo del Museo Central. Al parecer el abuelo de Kitano pudo recuperar algunos tomos adquiriéndolos en el mercado negro. “Hay una primera edición de A sangre fría de Truman Capote y una edición francesa de El Quijote de la época de Napoleón”, presumió.

La pieza era bastante más amplia que mi cuarto. El salón, con forma de L, estaba dividido en tres ambientes: la cocina, la sala de estar y un despacho con escritorio. Dos puertas correderas translúcidas comunicaban con el dormitorio y el cuarto de aseo. No había ventanas y toda la luz provenía de los paneles del techo. Al igual que en mi cuarto, todo el mobiliario estaba anclado al suelo.

Kitano se levantó de un salto y se dirigió a una pequeña nevera llena de tiras de cinta adhesiva, supongo que para evitar que la puerta se desprendiera.

-¿Quieres beber algo? ¿Una cerveza? ¡Apuesto a que hace como tres siglos que no tomas una! -Kitano se rio a gusto con la ocurrencia.
-¡Qué gracioso eres!
-¿Quieres una o no? Son gratis.
-Espero que no contengan narcóticos ni nada raro.

Aunque tenía cierto regusto a óxido de hierro, el primer trago de cerveza me trajo recuerdos del mar. Me ví otra vez en el malecón de la playa donde ya no había ninguna playa. Me vi bebiendo y riéndome con un grupo de chicos y chicas jóvenes.

-Así que tenéis cerveza en esta nave.
-En teoría, sólo los oficiales -me explicó Kitano. -Privilegio de la élite.
-¿Cómo me llamo en realidad, Claudia o Irlanda?
-Irlanda, si no quieres que te devuelvan a la enfermería o algo peor.
-¿Cómo?

Kitano no me explicó en que consitía ese “algo peor”. En su lugar, me explicó que el cónsul Boston Zimmerman, bisabuelo del actual, promulgó que todos los habitantes de la nave deberían en adelante llevar nombres de ciudades o accidentes geográficos de la Tierra, como recuerdo viviente del planeta del que procedemos. Fue, según me contó, en el momento en el que se dejaron de recibir las emisiones audiovisuales que llegaban desde la Tierra, no se sabe muy bien por qué.

-Cuando se promulgó aquel edicto -continuó- no se pensó en el equipo de científicos que viajaba en animación suspendida y que debería ser despertado al final del viaje. Llegado el momento -concluyó-, había tanto terror a contravenir una norma impuesta por un cónsul, que el equipo médico encargado de devolveros a la vida decidió cambiar vuestros nombres en todos los documentos.

Asombroso. Tanta información sorprendente y alarmante en una sola frase me dejó boqueando. No pude más que repetir otra vez la misma pregunta: “¿Cómo?”

-¿Por donde quieres que empiece? -preguntó Kitano- ¿Por el equipo de científicos que viajabais criogenizados o por la absurda razón de poner nombres de lugares a las personas?
-¿Es hereditario el cargo de cónsul?
-Buena pregunta. Y ya me podría haber figurado que me la harías, porque tu misma ayudaste a diseñar el sistema político por el que debería regirse la nave. Tú y un politólogo compatriota tuyo que se llamaba Kirmen Maldonado.
-No me puedo creer que yo diseñase un sistema político basado en un poder dinástico. Es medieval.
-No, no. Maldonado y tú diseñasteis un sistema democrático presidencialista, con sufragio activo universal y sufragio pasivo limitado. Todos los habitantes de la nave debían elegir al cónsul y al directorio entre aquellos que habían hecho carrera dentro de la tripulación de la nave. Y, dado que todo el mundo tenía el derecho a hacer carrera científica, técnica o militar, el sistema podía considerarse impecablemente democrático… en ese sentido, puedes tener la conciencia tranquila. Lo que sucedió es que en un momento dado, las cosas empezaron a torcerse.
-¿A torcerse?
-Ahora sólo puede votar la tripulación; el pasaje, el pueblo llano, ya no vota. Y, en cuanto a la elección del cónsul, técnicamente es una elección democrática, pero los electores somos muy pocos: unas 400 personas. El sufragio no es secreto y todo el mundo sabe a quién hay que votar y cuáles son las consecuencias de no hacerlo. En la práctica, siempre sale elegido un hijo varón del cónsul saliente, con el 100% de los votos… o casi.
-¿Qué pasa si alguien no vota al heredero?
-No votar al heredero es un suicidio, tal cual lo oyes. Pero, bueno, tampoco es que haya muchas citas electorales: sólo se convocan elecciones cuando muere un cónsul.
-Pero el actual cónsul es un hombre joven.
-Sí, su padre, Lagos, murió hace un año. De una infección alimentaria.
-¿Infección alimentaria?
-Oficialmente, sí.

Sigo teniendo vértigos bastante a menudo, pero ya no sé si son un efecto secundario de la hibernación o es algo que le pasaría a cualquiera que despertara dentro de trescientos años y dentro de una pesadilla. En aquel momento sentía que la pequeña habitación se me venía encima y me aplastaba. Respiré hondo y seguí preguntando.

-Has hablado de que yo era parte de un equipo de científicos y que nos hibernaron a todos. Bekhti también mencionó que había más gente que vino conmigo. ¿Dónde están?

Kitano se queda mirándome con rostro grave. “Esta es una de las partes más difíciles de contar, Claudia”, me dijo. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando pronunció mi nombre.

-Tú formaste parte de un equipo muy amplio de científicos de todo el mundo -continuó-. Científicos de distintas disciplinas. La mayoría eran ingenieros aeronáuticos, astrobiólogos y astrofísicos, pero también había expertos en ciencias humanas. Cuando el proyecto estaba casi concluido se valoró la posibilidad de que parte de estos científicos, si lo deseaban, podían someterse a un procedimiento experimental de criogenia que les permitiría llegar a Mu Arae y colaborar en la conclusión de la gran misión a la que habían dedicado lo mejor de su carrera. Se pensó que sería muy útil para…

Le interrumpí:

-¡Pero eso es absurdo! ¿Por qué construir una nave generacional enorme si se puede mandar congelados a los colonos al lugar de destino?
-Por varios motivos, pero el principal es que la tecnología necesaria para criogenizar a alguien durante tanto tiempo estaba y está en una fase experimental. Además, requiere supervisión constante por parte de humanos. Los ordenadores de a bordo podían controlar las cápsulas criogénicas en las que viajabais y también el proceso de resurrección y rehabilitación corporal, pero la posibilidad de un fallo mecánico estaba ahí. Para hibernar a alguien se sustituye muy lentamente toda su sangre por un líquido denso y rico en glucosa, al tiempo que se reduce su temperatura corporal a una temperatura de cero grados y algunas milésimas y se suprimen de forma controlada todas las constantes vitales. El más mínimo error es fatal: si la temperatura baja mínimamente, todo el agua contenida en sus células se cristalizará en forma de hielo… y se acabó. Si sube mínimamente, sus células se pudrirán… y se acabó. Si la transfusión de nueva sangre y la reanimación cardiaca y nerviosa no se hacen dentro de unos estrictos parámetros, se acabó.
-Para, por favor, porque me están dando náuseas.
-Sólo os presentasteis diez voluntarios, de entre las decenas de científicos a cargo del proyecto. Excepto tú, todos eran personas de edad muy avanzada y entre ellos estaban los considerados los padres de Exosfera: Thomas Raleigh, rebautizado como Leopoldville Raleigh, y Kristina Znaniecki, Praga para los amigos.
-¿Qué ha pasado con ellos, con Raleigh, Znaniecki y los demás?
-Bueno… ya te estoy diciendo que era un procedimiento experimental.
-¿Han muerto?
-Digamos que no resucitaron. No resistieron la reanimación. Ushuaia y Erevan suponen que falló algo, pero ni siquiera saben exactamente qué pudo ser. Pudo tener que ver con el hecho de que todos eran ancianos o casi. Claudia, lo siento mucho… eres la única superviviente.

No me gusta que se compadezcan de mí. No recuerdo en qué otros momentos de mi vida he sentido la compasión de los demás, pero no da la impresión de que en mi vida ha sido una situación cotidiana, una constante, y no me gusta. La cara que estaba poniendo Kitano en el momento de decirme “lo siento” era de compasión y me molestaba mucho. La sensación de orgullo herido que me generaba la pena del astrofísico grandullón me impedía ser consciente en ese momento de lo radicalmente sola que estaba en Exosfera y en el Universo. No me dejaba concentrarme en mi soledad.

Kitano fue a ponerme una de sus manos enormes encima del hombro y se la aparté de un violento golpe antes de que me pudiera tocar. Su cara fue de sorpresa.

-¡No me toques! No se me olvida que te has colado en mi cuarto.

No hay nadie que más que comparta mi experiencia a bordo de esta nave. Soy única en el sentido más devastador del término. Pero en ese momento no quería que Kitano se detuviera en la conmiseración. Sólo quería que me siguiera contando todos los detalles relativos al viaje que me habían hurtado hasta ahora. Por desgracia, nos quedábamos sin tiempo. El propio Kitano se encargó de recordarme que era ya la hora en la que se suponía que tenía que terminar nuestra primera cita en su camarote y que a continuación me tocaba seguir con mi rutina de rehabilitación muscular en el gimnasio. Por más que ya esté fuera de la enfermería, mis horarios y mis movimientos siguen estando muy limitados y controlados.

Día 69. Año 289
18:24

Después de hablar por primera vez con Kitano, tenía sesión en el gimnasio y más tarde tenía que pasar una hora con la doctora Bekhti. El astrofísico me había insistido en que no le revelase nada de lo que habíamos hablado a nadie y menos a Us, pero yo no quería mentirla otra vez. Me estresaba tener que estar ocultando cosas a una persona a la que no parece nada fácil que se le pueda engañar. Me había salido bien una vez, pero no quería tentar a la suerte.

Temía el momento en el que la doctora me preguntase por Kitano y, para mi desmayo -me dio un vuelco al corazón en ese momento-, esa fue exactamente la primera pregunta que me hizo, acompañada de una gran sonrisa, después de entrar en mi habitación y saludar.

-¿Qué tal te ha ido con el profesor Kitano?

Me quedé en blanco por un momento y después dije exactamente lo primero que me vino a la cabeza.

-Bueno, bien… es un hombre un poco extraño, ¿no?

Bekhti se rio de buena gana. “Lo es. Sí que lo es”, dijo. “Es una persona extraña, pero también es un intelectual fuera de serie. Es uno de los cerebros más brillantes con los que tenemos la fortuna de contar”. Según añadió la doctora, los conocimientos de Río eran apabullantes. Y no solo en su campo, la astrofísica.

-Es una persona con la que es un auténtico placer hablar sobre historia terrestre, arte o música. Una persona muy enriquecedora -añadió, sonriente-. Estoy segura que tú también irás viéndolo a lo largo de las reuniones que tengas con él y que aprenderás y recordarás muchas cosas a su lado.

Y dicho esto, la doctora dio paso a los ejercicios. No volvimos a hablar de Kitano. Como en anteriores ocasiones, se dedicó primero a hacerme preguntas sobre mi pasado bastante generales y a veces repetitivas. Supongo que buscaba comprobar que mis recuerdos eran sólidos y que no olvidaba lo que, poco a poco, iba recordando. Preguntó cómo se llamaban mis padres y dije “León e Irache”; cómo se llamaba mi hermano y respondí “yo no tengo hermano”. No hubo preguntas sobre mi actividad profesional ni sobre nada posterior a los 20 años, lo cual me supuso cierto alivio.

Después pasamos a las láminas. Me empezó a mostrar láminas con figuras simples -un árbol, una casa, un aerotrén…- y yo tenía que decir lo primero que se me viniera a la cabeza. Tras una serie de figuras que solo me producían sensaciones vagas, una de las figuras me provocó tal zozobra que de repente no me venían más palabras a la cabeza. Me venían ideas inarticuladas, sensaciones… pero ninguna palabra. La figura era una mano mostrando la palma, con todos los dedos extendidos

La mano, la mano… ¿por qué me resultaba tan turbadora la mano? No lo sé. Estuve dándole muchas vueltas aquella noche y la imagen de la mano se me aparecía sobre un fondo rojo, en lugar de blanco, como el tarjetón que me mostró Bekhti. Esta imagen se me fundía con la de una pared-pantalla en un aula de la universidad, y junto a la mano sobre fondo rojo aparecía un profesor hablando sobre el derecho a la desobediencia; una escena que ya había visto en sueños. Cogía un mando, borraba la enorme mano, y con trazo rápido y sólo apenas legible escribía una cita y el nombre del autor.

“Venceréis pero no convenceréis”. Miguel de Unamuno.